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Asomorritos: un proyecto hecho de solidaridad con olor a caña

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​Por: Carmen Villamizar
Entre las montañas que rodean el municipio de Cocorná, en el oriente antioqueño, está la vereda Morritos, base del nombre de la asociación de campesinos que hace unos nueve años decidió emprender la quijotesca labor de constituir una empresa propia, casi en la cumbre de una de esas montañas, a donde solo es posible llegar en vehículos 4 x 4 o en bestias.

Fue así como surgió Asomorritos: contra todo pronóstico de éxito. Contando apenas con el ánimo que les dio doña Teresa Giraldo, la dueña de las tierras donde varios de ellos trabajaban como jornaleros, quien decidió regalarle a cada uno, una hectárea para que tuvieran cómo acreditar la propiedad que les exigía la gobernación para apoyar el proyecto de montar una pequeña central de procesamiento de caña panelera.

“El primer motor tuvieron que traerlo en helicóptero” -cuenta Navier Jiménez, socio de la organización, quien se desempeña como operario en el horno, un cuarto humeante que alberga una hilera de estanques de acero dispuestos en L, en los que se agita hirviente el jugo de caña. Su tarea es vigilar el proceso de cocción de la miel, valiéndose de cucharones metálicos de más de dos metros para revolver continuamente el líquido hasta que esté listo para pasar a la sala de moldeo.

Con el esfuerzo de todos, subieron el material para construir la planta física: ladrillo, cemento, palmas y hojas de fibrocemento y zinc, hasta que lograron levantar una pequeña central panelera.

El bloque de producción está compuesto por una enramada, un área de molienda y dos cuartos de unos 40 metros cada uno. En la enramada reciben, pesan, registran y apilan la caña que ellos mismos cultivan, le sigue el trapiche donde se extrae el jugo de las varas, luego el horno donde se convierte en miel y por último el cuarto de moldeo en el que principalmente trabajan las mujeres, quienes son las encargadas de dar forma y empacar los bloques de panela con destino al comercio.

Con el mismo esfuerzo conjunto lograron abrir un carreteable que les da salida hasta la vía que conecta con el resto de la región.  Buena parte de ella todavía está en cascajo y piedra, pero aun así les permitió hacer llegar el apoyo de diversas entidades del estado, entre ellas Prosperidad Social, con su programa Emprendimiento Colectivo.

En total son 30 hombres y mujeres que se asociaron para sacar adelante su sueño.  Algunos con las cicatrices del conflicto en el alma. Desplazados de su propia tierra que aún recuerdan las escenas y hechos de violencia que los hicieron huir por un tiempo hacia diversos lugares, pero que regresaron y se asentaron nuevamente en la zona rural dispersa de la montaña dispuestos a recuperar la cotidianidad de su vida en el campo que no cambian por otra.

William Humberto Vergara Gómez, representante legal de la organización, es el dueño del único vehículo que transita por esa zona y por lo mismo quien se encarga de transportar la panela que comercializan en los centros urbanos más cercanos.

“El programa Emprendimiento Colectivo nos entregó una máquina con la que podemos moler hasta 1.500 kilos de caña y producir 150 kilos de panela por hora -expresa Humberto-. 

“Incrementamos nuestra capacidad de molienda en 5 tonelada semanales -agrega por su parte Wilson Marín, administrador de la pequeña agroindustria-. Cada semana machucamos entre 25 y 30 toneladas, así no tenemos tanta caña almacenada como antes, con el riesgo de que se dañe.”

El trapiche industrial fue complementado con una selladora para panela porcionada, producto que tiene un mejor precio en el mercado, una motosierra para corte, y dotación de prendas de trabajo para toda la organización.

Así, con este impulso y la visión de otros horizontes que les abrió la capacitación del programa, Asomorritos se plantea hoy nuevos retos: mejorar la capacidad del horno, el acabado interno de las instalaciones y trabajar para llegar a mercados más amplios con versiones innovadoras de su producto base. 


467 organizaciones en 217 municipios de 24 departamentos han sido capitalizadas este año por Prosperidad Social con el programa Emprendimiento Colectivo para estimular su inclusión en el aparato productivo del país.




Construy​endo futuro, la historia de María Oliva

 

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Por: Yamid Peña 
Oficina Asesora de Comunicaciones              ​

Uno de los mayores temores que ha sentido en su vida doña María Oliva de Jesús Acevedo, ocurrió en la madrugada del miércoles 19 de abril de 2017, cuando un deslizamiento de tierra en Manizales ocasionado por lluvias torrenciales por poco le arrebata la vida a ella y su familia.

“Empieza a llover y yo ahí quedo. No me salgo, pero tampoco duermo. Quedé con el trauma de esa situación. Pero con miedo y todo regresé a la casa", cuenta esta mujer de 62 años de estatura pequeña, cuyas canas evidencian vida y sacrificio.

La tragedia, que dejó unas 75 viviendas colapsadas y más de 400 familias evacuadas, afectó 16 barrios, entre ellos Aranjuez, Persia, González, Granjas, Viviendas y Sierra Morena, además del barrio Eucaliptus en donde reside doña María Oliva actualmente junto con sus hijas y sus tres nietos.

Dejando atrás el miedo luego del suceso, regresó para seguir con su proyecto de vida: mejorar cada espacio de su vivienda, esa que adquirió con el fruto de 25 años de trabajo en una empresa manufacturera en Manizales, a donde llegó luego de ser trasladada a mediados de los 80 de Medellín.

Le compré la casa a mi hermano, la fui pagando poco a poco. Fue una gran responsabilidad, una de las muchas que debí asumir por ser viuda, pero precisamente mis hijas eran mi motivo, quería darles lo mejor", comenta Doña María Oliva con una sonrisa que ilumina su rostro al recordar cómo alcanzó ese logro tan ansiado.​

Una esperanza luego de​​ la tragedia


Aunque su casa esté ubicada en un humilde sector de Manizales, doña María Oliva siente una felicidad completa y aclara que no ha existido oferta alguna que la haga salir de su hogar, ese que se ubica en un sector de casas empinadas que asemejan un castillo de naipes con escaleras sin ningún fin, las únicas vías de acceso a las viviendas de este agradecido barrio de la llamada Ciudad de las Puertas Abiertas.  

Estando nuevamente ubicada allí, recibe una llamada de la Alcaldía de Manizales, a donde llevó los papeles solicitados para postularse para ser beneficiaria del proyecto de mejoramientos de vivienda del Departamento para la Prosperidad Social. Al cabo de un tiempo recibe la noticia de haber sido seleccionada.

El mejoramiento incluyó cocina y pisos, de los que hoy la familia Acevedo disfruta con renovados espacios, mayor comodidad, mejor higiene y sobre todo más unión familiar. “Ya no me da pena recibir a las visitas y ofrecerles un tinto o aguadepanela. Hoy mi cocina es digna y con orgullo la muestro; los pisos son de cerámica y no de concreto y anilina como los tenía antes", cuenta.

Sus proyectos continúan y las ganas de ayudar a su comunidad también. Por eso, doña María Oliva está entregada por completo a su labor en la Fundación 100% Mujer, institución que promueve el desarrollo integral de las mujeres y su entorno familiar, a través de servicios odontológicos, talleres y líneas de formación y asesorías de diversa índole.

Su día a día lo comparte con mujeres en estado de vulnerabilidad que tienen su mismo interés de superarse y salir adelante. Su labor en la Fundación consiste en la venta de las donaciones que llegan de ropa en buen estado. Los recursos de esas ventas se reinvierten para seguir apoyando a las 12 mil mujeres que hacen parte de la Fundación.​

Como la historia de doña María Oliva, existen más de 900 en el departamento de Caldas, en donde se han ejecutado igual número de intervenciones con una inversión superior a los $13.488 millones con el programa de Mejoramiento de Condiciones de Habitabilidad, hoy Casa Digna Vida Digna, del cual Prosperidad Social ejecutará 325.000 proyectos con una inversión de $2,5 billones a 2022.​

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Cronica-EQUIDAD-Mar-18-700.jpgExperiencias de inclusión productiva en Cúcuta:​


Por: Carmen Villamizar

Casi 18 años le ha tomado a Sandra Ropero recuperar la normalidad en su vida desde que, por culpa de la violencia, salió huyendo hacia Cúcuta, desde La Gabarra, corregimiento de Tibú en Norte de Santander.

Sandra es sobreviviente de una de las épocas más sombrías de esa violencia que dejó atrás para buscar un nuevo amanecer junto con su esposo, sus hijos y otros miembros de su familia.

Ya en Cúcuta, sin recursos y ningún contacto, empezaron a buscar oportunidades. Trabajaron incluso en Venezuela, hasta que, acosados por la escasez de recursos decidieron volver a La Gabarra a tratar de recuperar algo de lo que tuvieron. Pero no tenían como probar nada porque su asentamiento había sido sobre tierra baldía y nunca vieron la importancia de tener papeles.

La familia se trasladó nuevamente a Cúcuta en donde murió su esposo. Sandra quedó con cuatro hijos a cargo, el menor con apenas dos años. Por ellos debía pensar qué hacer. Inició vendiendo tinto en una de plaza de mercado, pero contó con la suerte de conseguir trabajo en un supermercado donde aprendió ventas, manejo de mercancía, cuentas y proveedores.

Durante ese lapso conoció la Unidad para las Víctimas, allí registró su desplazamiento y obtuvo tratamiento prioritario. En 2016 se inscribió para participar en Mi Negocio, programa que busca mediante la inclusión productiva mejorar las condiciones de ingresos y de vida para personas en condición de vulnerabilidad y/o pobreza.


La realización de un sueño​​


Su aspiración era tener un negocio propio, algo en lo que pudiera involucrar a sus hijos para cuidarlos mejor, hacerlo prosperar y dejarles algo cuando ya no esté.

Con las capacitaciones tomé la decisión para saber en qué enfocarme. Al principio quería una pizzería, pero me hicieron caer en cuenta que era mejor aprovechar la experiencia adquirida en el supermercado."

Las nociones de mercadeo aprendidas en los talleres la guiaron para montar el pequeño almacén de artículos desechables para restaurantes que hoy tiene en el sector comercial de Aguas Calientes, populosa zona de Cúcuta al oriente de la ciudad, sobre las colinas que bordean la frontera con Venezuela.

Los tres estantes, las dos vitrinas y la mercancía que recibió con la capitalización de $2 millones otorgada por el programa, fueron el cimiento para un negocio que hoy ofrece elementos de papelería, aseo, comida para mascotas, y el servicio de fotocopiadora que demandan los usuarios del centro de pagos a pensionados que tiene al lado.

Su negocio, en el que la ayuda su hijo mayor, se nota entre los de su entorno porque Sandra también aprendió a aprovechar el colorido de sus productos para destacarlo con un sentido del orden, meticulosidad y limpieza.

Sin duda, su historia de valor y empuje representa con creces eso que llaman perrenque y que en etimología popular significa fuerza, potencia, intensidad, poder.  Todo al mismo tiempo. Perrenque como el que tienen las 433 mujeres que estuvieron vinculadas al ciclo 2018-2019 del programa Mi Negocio en Cúcuta, representando algo más del 85% del total de vinculados. Cifras que explican por qué guías de política pública como el actual Plan Nacional de Desarrollo, han enfocado parte de su estrategia para alcanzar la equidad a través del empoderamiento y apoyo a las mujeres.





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Diciembre 21 de 2018.
A sus 12 años, Valentina Ortiz ya es una de las mentes más rápidas de Colombia. Esta beneficiaria del programa Familias en Acción en Florencia (Caquetá) fue elegida para liderar la Selección Colombia de Cálculo Mental, integrada por otros seis niños y niñas. El equipo viajó a finales de noviembre a Estambul (Turquía) para medirse con niños de 26 países en competencias de memoria y cálculo matemático en un gran Abierto en el que India mandó la parada.
“Hay un nivel demasiado alto, los niños son muy rápidos. Hubo una competencia en la que debíamos sumar 1.000 números. Yo pude hacerlo en 7 minutos y quedé en el puesto 14. ¡El niño de India que ganó lo hizo en 3 minutos! Sin embargo, estoy muy contenta: éramos más de 50 niños y era mi primera vez en un evento así. Para mí es un gran logro”, cuenta Valentina. 

Viajó con Neftalí, su padre y cómplice, quien le agradece haberle permitido conocer un mundo diferente al de su finca en El Caraño, corregimiento de Florencia. Estuvieron en un país de frío penetrante, comida picante, impresionantes mezquitas y un moderno sistema de movilidad que Colombia no tiene ni en su capital, la primera escala del vertiginoso viaje.

“El hecho de salir del país es algo ya muy bonito y lo pude hacer gracias a mi hija. Compartir con muchas personas de todo el mundo, así no hablen nuestro idioma, es una experiencia que no se olvida. Y más en mi caso, que nunca pensé ir por allá”, comenta Neftalí. La familia está integrada además por su esposa Johana y sus hijos Luna y Juan Pablo.

Una ciencia exacta y fascinante

“Este logro no hubiera sido posible sin Familias en Acción, porque parte de esos recursos los usamos para financiar la cuota de la academia”, dice Neftalí, quien sufrió un secuestro y desplazamiento en 2011, cuando tuvo que salir de Barbacoas (Nariño), dejando su negocio de transporte de pasajeros en lancha.

Valentina quiere ser una gran pediatra y una empresaria. Siempre ha sentido especial atracción por los números. Lo que más le atrae de las matemáticas es que es una ciencia exacta. Reforzó su habilidad con el método Anzan, un programa de entrenamiento y desarrollo cerebral en el que lleva solo ocho meses, mostrando resultados superiores a niños que llevan más de un año. El récord actual de Valentina es realizar 10 operaciones de un solo dígito en 0,2 segundos.

“Apenas estoy comenzando. Mi meta es clasificar al Campeonato de Memoria de 2020 que se realizará en Dubai. Para eso voy a seguir trabajando. En 2019 ya tendremos el método para multiplicación para ampliar nuestras posibilidades”, expresa Valentina, quien logró liderar la selección al obtener, seguida por sus compañeros, el mejor de los siete puntajes en Latinoamérica, luego de disputar estos cupos ante más de 30.000 niños.

Mientras esto sucede, Valentina, Neftalí y su familia seguirán apostándole a su emprendimiento: la granja avícola Valu de producción y venta de huevos de codorniz en Florencia. Con estam además de derivar el sustento, apalancan sus sueños a través de la unión familiar, lo que ya les permitió ir al otro lado del mundo.

Por: Yenny Álvarez Guarín
Oficina Asesora de Comunicaciones



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Noviembre 30 de 2018.

El clima de Quibdó es húmedo y pesado. Esta ciudad, capital de Chocó, está en una de las regiones más forestales de Colombia. La particularidad de sus viviendas es casi un distintivo de la región del Pacífico. Los espacios atados a sus necesidades históricas, ambientales, sociales y culturales han hecho que las unidades habitacionales en buena parte de la ciudad sean construidas en madera, el recurso de mayor disponibilidad.

No obstante, esta expresión tradicional, característica de la región, las viviendas de Quibdó pueden ser consideradas precarias porque carecen de subdivisiones espaciales, provocando hacinamiento y problemas de salud, convirtiéndose en fuente de vectores causantes de parásitos intestinales en niños y otras amenazas para la salud de sus habitantes.

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Para el Gobierno nacional la situación deficitaria de vivienda sigue siendo uno de los mayores retos en superación de pobreza. Por eso existe el programa de mejoramiento de viviendas ejecutado por el Departamento para la Prosperidad Social (DPS), con el que se ha atendido a más de 80.000 familias colombianas en cerca de 450 municipios del país.

Una de sus participantes es Mercedes Mosquera, habitante del barrio Flores de Buenaños en Quibdó. Hasta hace poco, su casa era apenas una habitación que conectaba con la sala y a la vez con la cocina. En su centro, un baño en muy malas condiciones que no conectaba con ningún pozo ni red de alcantarillado. En la parte de atrás, un solar en el que lavaban la ropa. "Era todo en madera: baño y cocina. No estaba apto para bañarse", cuenta.

Se bañaban a totumadas en un solar, que todavía da a un pequeño despeñadero donde se estanca el agua sucia. Además de estar expuestos, sufrían el riesgo de volver a ensuciarse porque el piso era de tierra. "Una vecina me conectó con la trabajadora social del DPS", recuerda Mercedes.

Ingenieros y obreros rediseñaron los espacios de la vivienda con la aprobación de la familia. Al lado derecho hicieron dos nuevas habitaciones, en frente, la sala conectada con la cocina y, atrás, el baño, separado por una pared y una puerta que conecta con el que sigue siendo el solar. Conservaron la fachada en madera. "Ahora podemos bañarnos en una ducha, podemos abrir el grifo y lavarnos las manos. Lo cambiaron en material, cemento, enchapado y embaldosado", cuenta emocionada.

Recuerda con desagrado que las ratas se subían al mesón de la cocina y que tenía que rociarlo con blanqueador cada vez que iba a utilizarlo. Los mejoramientos realizados por el DPS incluyen capacitación en prácticas de manipulación de agua y almacenamiento, adecuado aprovechamiento y recolección de las basuras, lo que elimina del ambiente plagas y vectores productores de enfermedades y promueve hábitos de vida saludable con una conciencia ambientalmente sostenible en los hogares participantes. "Ya casi no hay ratas ni zancudos. A mi hijo mayor le dio malaria dos veces, pero ya, como todo mantiene limpio y no hay mosquitos, no le volvió a dar".

Más del 9 por ciento de los hogares colombianos se encuentra en hacinamiento crítico (más de cinco personas en un solo módulo habitacional). Las zonas rurales son las de mayor complejidad. Estos mejoramientos de vivienda hacen parte de los proyectos que apuntan a superar la pobreza, pues habitar implica estar en un lugar que garantice el abrigo de forma permanente.

Sólo en Chocó han sido beneficiadas cerca de 750 familias de Condoto, Istmina, Quibdó, Tadó y Unión Panamericana. La tarea ha permitido al Gobierno nacional entender las necesidades de cada uno de los hogares, respetando los aspectos socioculturales propios de su entorno.

 

Diana Navarrete
Periodista del Departamento para la Prosperidad Social.






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Junio 26 de 2018.

Por Juliana Álvarez Gallego 
Directora de Banca de las Oportunidades

Miles de colombianos se levantan a diario con la angustia de no tener recursos económicos para comer; de vivir con la incertidumbre de si al final del mes tendrán dinero para pagar el arriendo, los servicios públicos o la administración, ­y de tener un miedo permanente de enfermarse o que un familiar fallezca, pues carecen de seguros para asumir ese tipo de eventos adversos.

En su desesperación, acuden a préstamos con amigos, familiares o, peor aún, con prestamistas ilegales como los ´gota a gota´, que lejos de ser una opción para solucionar sus problemas financieros, termina, en muchas ocasiones, siendo una salida catastrófica.

Precisamente estos rostros que reflejan un gran drama humano en varias regiones del país, fueron el epicentro del proyecto de educación e inclusión financiera que se desarrolló durante dos años en 42 poblaciones de 15 departamentos de Colombia.  Se trata de población que se encuentra en condición de extrema pobreza, que pertenece al programa Red Unidos de Prosperidad Social y que habita los proyectos 'Viviendas 100% subsidiadas'.

En el marco del proyecto de Banca de las Oportunidades, con el apoyo de Prosperidad Social y el Ministerio de Vivienda, se logró la conformación de más de 3.200 grupos de Ahorro y Crédito Local, que beneficiaron a más de 46 mil personas en extrema pobreza que habitan en 59 proyectos de vivienda entregados por el Gobierno Nacional.  

Los grupos de ahorro son asociaciones autogestionadas e independientes de mínimo 11 y máximo 19 personas, que movilizan y administran sus propios ahorros y ofrecen préstamos a sus miembros para diferentes propósitos, desde atender sus necesidades básicas hasta iniciar un pequeño negocio.  Se destaca de la metodología la capacidad de fortalecer el capital social de comunidades en situación de pobreza y vulnerabilidad, permitiéndoles a las personas crear redes de apoyo basadas en la confianza, la solidaridad, la disciplina, el trabajo en equipo y la tolerancia.    

Un primer indicador que nos permitió inferir que recorríamos el camino correcto es que los grupos generaron ahorros por $1.310 millones y realizaron 2.647 créditos por $507 millones -un promedio de $192 mil por persona-.

Además, más del 50% de adultos no bancarizados (4.581 personas) tuvieron la oportunidad de acceder, por primera vez en su vida, a un producto financiero formal y más del 50% de quienes ya estaban bancarizados (20.438), presentaron actividad en mínimo un producto financiero. 

Pero más allá de estas cifras que superaron las metas del proyecto, necesitábamos saber si las personas beneficiadas habían generado comportamientos financieros favorables en el interior de estas comunidades, que les permitiera dar un paso firme para superar su condición de extrema pobreza.

La Universidad de Toronto nos apoyó en la evaluación de los resultados de una encuesta de tejido social que midió el impacto social del proyecto entre la comunidad beneficiada. Se escogió a un representativo grupo de personas a quien se le aplicó la encuesta en dos momentos:  la primera (línea base) una vez se conformaron la totalidad de los grupos y la final (línea de salida), antes de finalizar el proyecto.    

De acuerdo con los resultados analizados, se obtuvieron alentadores hallazgos en varios aspectos analizados. Por ejemplo, un importante porcentaje de personas que en principio afirmaba "los ingresos no alcanzan para ahorrar", modificaron ese concepto: de una línea base del 34% se redujo al 15% en la línea de salida.  

Así mismo, hubo un descenso en las dificultades económicas para atender necesidades básicas de los hogares, principalmente en alimentación, transporte y vestuario, pues se pasó de un 28% en la línea base a un 23% en la línea de salida

Igual aconteció con los problemas a la hora de pagar los servicios públicos (disminuyó del 52% al 45%) y la administración (14% al 12%), problemáticas planteadas por Prosperidad Social y MinVivienda antes de iniciar el proyecto.   También se evidenció cambios favorables en la planeación del uso del dinero, ya que disminuyó el número de personas que tuvo que recurrir a prestamistas informales como los 'gota a gota', del 14% que lo hacía disminuyó al 7%. 

También se pasó de un 25% que dijo en principio que acudía a familiares y amigos para pedir prestado dinero a un 19%. Se resalta, igualmente, el incremento del uso de ahorros propios ante una dificultad económica (14% al 22%).   En cuanto a la capacidad de ahorro también hubo cambios sustanciales; una proporción significativa de personas afirmó que empezó a ahorrar, principalmente, a través de los grupos de ahorro, porcentaje que pasó de 27% (línea base) a 65% (línea de salida).  

Estos resultados nos permiten concluir que la metodología implementada contribuyó a mejorar el uso del dinero y las actividades de ahorro y crédito en la población en extrema pobreza objeto del proyecto.   Igualmente, nos permitió inferir que el aumento del tejido social en los grupos de ahorro generó esquemas de confianza y permitió la creación de proyectos productivos asociativos.

El proyecto también dejó una capacidad instalada de ocho corresponsales bancarios en proyectos de vivienda de cinco departamentos y el desarrollo de capacidades financieras a más de 46 mil personas, que generan una gran oportunidad para que el sistema financiero siga ofreciendo productos adecuados a esta población, ya que cuenta con la capacidad de tomar decisiones financieras informadas.

Pero quizá lo más importante es que este proyecto permitió entregar herramientas efectivas a estas comunidades para que enfrenten y derroten la llamada pobreza extrema y así logren consolidar sus sueños a través del ahorro, el crédito, los seguros y la educación financiera.





Iraca y los wayuu del resguardo Media Luna :

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UN PROGRAMA QUE HA HECHO LA DIFERENCIA EN LA ALTA GUAJIRA

Por Carmen C. Villamizar

Diciembre 29 de 2017. La única manera de romper el hermetismo que caracteriza a Willinton Marín Pushaina, es preguntarle por lo que ha significado IRACA en la vida de las 160 familias wayuu que integran el resguardo de Media Luna, a dos horas del casco urbano del municipio de Uribia, en la alta Guajira.  Entonces su rostro se ilumina y poco a poco el habitual tono bajo de su voz se va tornando más fuerte hasta hacer que el diálogo pase del murmullo al tono de una conversación normal y confiada.

 Willinton es un hombre de estatura mediana y contextura gruesa, que aparenta un poco más de los 32 años que tiene, más que por su físico, por la madurez y claridad de pensamiento que denota su relato.  Habla con seguridad sobre las experiencias y expectativas de su comunidad frente a los cambios y retos que han experimentado y abrigan desde que Prosperidad Social y sus aliados públicos y privados, los motivaron para hacer parte de IRACA.

 "Ese programa es lo mejor que nos ha pasado – afirma-. Nos impulsó a trascender la organización de cada una de las 16 comunidades que conforman el resguardo y a unirnos en el propósito común que nos hizo mejorar la capacidad productiva como pescadores y pasar del autoconsumo a la generación de excedentes de producto para venta".

El primer paso estuvo a cargo de Willinton, quien graduado como bachiller en Maicao, volvió a su comunidad y se convirtió en el líder de este grupo de aproximadamente 100 individuos, a la que guía desde hace catorce años.  Ahora también es líder del resguardo.

"Antes de Iraca –cuenta- cada comunidad tenía pequeñas embarcaciones de madera con las que podíamos pescar sin alejarnos mucho de la playa.  Pescábamos lo de consumo, salíamos los grupos de pescadores y a la vuelta repartíamos entre la comunidad lo que hacíamos en el día, incluidas las familias que no tenían cómo salir a pescar porque no tenían embarcaciones. Aun así estábamos organizados para repartir lo que conseguíamos."

Dice que esa organización, aunque incipiente y muy básica, fue lo que hizo que entidades como Prosperidad Social y sus aliados, escucharan su solicitud de apoyo y les propusiera unirse a las otras comunidades de su resguardo para conformar una organización formal que los representara y en el que unieran esfuerzos para implementar la propuesta productiva del programa.  Así nació la Asociación de Pescadores Artesanales Wayuu de Media Luna –ASOPESWA- que ya cuenta con 132 afiliados de 11 de las comunidades del resguardo.

"Nuestro resguardo se dedica en un 80% a la pesca y un 20% al pastoreo. Nos ofrecieron fortalecernos como pescadores y nos brindaron capacitación en manejo administrativo y organizativo y nos entregaron lanchas de motor a cada comunidad y elementos para pesca.  Con eso ya pudimos ir a mar abierto y mejoramos muchísimo el resultado del trabajo del día."

De la mano de los insumos vino también la construcción de un centro de acopio dotado de refrigeradores y lo necesario para poder conservar los excedentes del trabajo que en el 2016 les permitió vender 10 toneladas de pescado al mercado local del departamento después de satisfacer el consumo doméstico, con lo que hoy no solamente han mejorado la seguridad alimentaria de las aproximadamente 1500 personas que conforman el resguardo, sino su capacidad de generar ingresos y mejorar su calidad de vida.

Willinton Marín Pushaina, además de impulsor de esta organización, es también su presidente. Destaca también los diversos aprendizajes que les ha traído esta experiencia: saber por ejemplo que no pueden meter toda la producción de un solo golpe porque no alcanza a congelarse todo y se daña el pescado, sino que lo deben hacer poco a poco.  Ya conocen el mercado departamental y empiezan a vislumbrar entre sus objetivos el mercado regional e incluso nacional porque se han ido dando a conocer y su producto es apreciado y apetecido por quienes los conocen.  La diferencia ahora es que sienten que con lo que han aprendido y puesto en práctica, más un poco de ayuda en cada paso, nada les queda grande. 



Carlos Andrés Pérez, 

de El Tambo Cauca con paso firme hacia Harvard

 

Octubre 6 de 2017

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"Nosotros no podemos olvidar de dónde venimos, nuestras raíces, y es por esto que programas como Jóvenes en Acción, hacen posible que miremos hacia adelante con esperanza, sin olvidar lo que somos". Lo dice un joven para quien la vida no ha sido fácil, ya que el drama del desplazamiento le ocasionó discriminación y un temor profundo a hablar en público, pero cuyo espíritu férreo le ha permitido ser una promesa en la investigación jurídica con proyección académica más allá de nuestras fronteras. El camino hacia ese sueño ya lo inició con la publicación de su tesis de grado en la Universidad Autónoma de México en inglés, suceso que estará llevando a cabo el próximo año.

Se trata de Carlos Andrés Pérez Garzón, payanés de 23 años que se expresa con la seriedad de un hombre de 40. A su corta edad, este joven de figura menuda y acento neutro ya es abogado, graduado con honores de la Universidad Nacional, docente de Teoría Constitucional e investigador del grupo de Constitucionalismo Comparado, de la misma Universidad.

 

"En el colegio me molestaban por ser desplazado y eso me marcó. Me volví tímido, pero debo decir que fue el componente de habilidades para la vida de Jóvenes en Acción el que me hizo decir '¡No más!, ya es hora de salir, voy a empezar a dar clases y así lo hice", dice Carlos Andrés, al contar cómo tuvo que salir a los 8 años junto con su familia del municipio de El Tambo, Cauca para huir del conflicto armado de entonces.

Carlos Andrés cumplió su propósito. Actualmente les dicta clases a jóvenes como él. Los lunes y martes en la mañana tiene clase de Teoría Constitucional, como docente. La tarde del martes y el resto de la semana, vuelve a sus jeans y look juvenil como alumno de la Maestría de Estudios Políticos que adelanta becado por ser el mejor estudiante de su promoción.

"El apoyo del gobierno nacional y la transición de Más Familias en Acción a Jóvenes en Acción ha sido fundamental. Recuerdo que cuando estaba en el colegio mi mamá pagaba los útiles, ropa y otros gastos de estudio con el apoyo de Más Familias en Acción. Jóvenes en Acción me apoyó en todo lo que implicó venirme de Popayán a estudiar a Bogotá, en donde pude cumplir mi sueño de ser investigador", cuenta Carlos Andrés.

Pero sus aspiraciones van más allá. Su meta es presentarse a la beca Fulbright para estudiar una Maestría en Derecho en la Universidad de Harvard y continuar su Doctorado en la misma institución.

No por azar, Carlos Andrés fue elegido para representar al graduado 250 mil del programa Jóvenes en Acción y recibió de manos del presidente Santos un diploma de reconocimiento durante la celebración de los 5 años del programa realizada este mes. "No lo podía creer, fue una semana llena de sorpresas: vinieron mis padres, hablé en una tarima ante muchas personas, conversé con el Presidente, di entrevistas, querían tomarse fotos conmigo. ¡Fue una experiencia inolvidable! Definitivamente Jóvenes en Acción me cambió la vida en muchos aspectos", cuenta emocionado.

"Todo lo que hago se encamina a cumplir mis objetivos: estudiar en el exterior y volver para servir a mi país y ayudar a mis padres que lo hicieron cuando lo necesité. Mi mensaje entonces para los Jóvenes en Acción es: aprovechen el incentivo, son recursos públicos destinados al bienestar general, no sólo al nuestro, para que en un futuro nosotros apoyemos la transición en esta coyuntura de posconflicto y a tener un mejor país a través de lo que hemos aprendido en nuestras carreras que hemos estudiado con el apoyo del Gobierno Nacional", concluye Carlos Andrés.

Por: Yenny Álvarez Guarín
Periodista
Oficina de Comunicaciones, Prosperidad Social.




Lhay Hans Valdeblanquez:

Un joven hecho por la solidaridad del país

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14 de julio de 2017
Por Carmen C Villamizar

"Vivíamos en un sitio que se llama Las marimondas, en La Guajira y un día mi papá dijo que al siguiente nos teníamos que ir de ahí.  Por una tía supe muchos años después que era porque unos hombres armados le dijeron que o se iba con su familia o se podían morir todos.  Yo no sé más porque a él no le gusta hablar de eso, entonces yo no pregunto, para no mortificarlo.  En la casa no se habla de eso.  Así fue como regresamos a Valledupar, de donde soy yo".

Cuando Lhay Hans Valdeblánquez dice que todo se lo debe al estado, no está haciendo metáforas, sino hablando literalmente.  Su historia es de esas que le devuelven a uno la fe en que no son en vano los esfuerzos de un país que día a día libra batallas en distintos rincones por ganarle la guerra a la pobreza y la exclusión que afrontan los más vulnerables. La historia de Lhay Hans es una historia de éxito contra la marginalidad.

Trata de hacer memoria y no recuerda exactamente desde cuándo ha escuchado en su hogar hablar de los programas de Prosperidad Social, solo sabe que es desde hace mucho tiempo, desde que tenía seis o siete años quizás y llegó a Valledupar con sus padres desplazados por el asedio de grupos armados en La Guajira, de donde es oriundo su padre. 

Cuenta que él y su papá fueron a vivir con su abuela y una tía, mientras la madre se organizó con la otra abuela; aunque no estaban separados por voluntad propia, las circunstancias familiares hicieron que el núcleo papá-mamá-hijos se rompiera por puras cuestiones prácticas.

Recuerda que "una tía, que es o era docente, fue la que nos informó que había ayudas del gobierno para víctimas del conflicto y así fue como mi papá hizo el registro de la familia como desplazada por la violencia. Por ese medio después nos inscribimos en el programa Más Familias en Acción, comenzamos a recibir ayuda y pudimos volver a reunirnos como familia."

En sus palabras hay mucha gratitud:  "Lo que sí recuerdo –dice-, es lo importante que eso fue para nosotros porque en más de una ocasión la transferencia monetaria fue la que nos permitió comer o llevar uniformes o útiles para el colegio.  Con mucha frecuencia oía a mi mamá y a mi papá dar gracias a Dios porque existía ese programa porque llegamos sin nada, y mis papás sin trabajo y con pocos conocidos".


Y la historia se completa con….


"Cuando estaba terminando bachillerato, de Más Familias en Acción nos convocaron para contarnos del programa Jóvenes en Acción y presentárnoslo como una posibilidad de apoyo a los que quisiéramos seguir estudiando" -continúa relatando-. 

Con ese incentivo, Lhay se animó a matricularse en la Universidad Popular del Cesar para estudiar la Licenciatura en Lengua Castellana e inglés, carrera en la que está próximo a iniciar noveno semestre.  Cuenta que tiene perfectamente presentes tres ocasiones en las que llegó el momento de la matrícula y si no hubiese sido por el incentivo económico de Jóvenes en Acción, habría tenido que retirarse de la universidad porque ni él ni sus padres tenían una fuente de ingresos suficiente para para cubrir ese costo.

Su familia siempre ha estado atenta a buscar oportunidades para salir adelante y la más reciente e importante para él llegó el año pasado.  Buscando vacantes en internet, otra vez la tía que los animó a hacer el registro como desplazados, le informó a la mamá de Lhay que había encontrado una convocatoria para concursar por empleos en Prosperidad Social.

"Consulté y encontré que podía postularme a un cargo como auxiliar administrativo porque tenía el grado de bachillerato que pedían y más de los seis meses de experiencia solicitados porque llevaba tres años en un trabajo similar para una empresa de ebanistería".

Con todas sus esperanzas y enormes deseos, se inscribió y se preparó para los exámenes.  Ganó el concurso.  Así, desde el pasado 3 de marzo se encuentra trabajando en la regional de Valledupar como Auxiliar Administrativo.  Y aunque no tenga afinidad con su carrera profesional, por ahora le interesa continuar aprendiendo las cosas innumerables que se le empiezan a develar con su nuevo trabajo.  De el habla con asombro y orgullo; se sorprende del grado de complejidad y organización que puede llegar a tener la misma tarea que con sencillez desarrollaba en la ebanistería y mientras disfruta esa observación, siente que por fin la vida tiene para él el dulce arrullo de los sueños.